De escritores, editoriales, libros y libreros

Largo, costoso y casi siempre arduo es el camino que recorre una historia (más o menos digna) desde que sale de la mente de un autor hasta que llega al futuro lector a través de una librería o cualquier canal de venta. Evidentemente, todo empieza con una idea que se transforma en un conjunto de palabras (entre 50.000 y 150.000, habitualmente) cuya unión y perfecta armonía (eso es lo deseable) se alzan en novela (hablamos de narrativa) de la temática más variopinta: suspense, negra, apocalíptica, romántica, emocional, histórica, comedia, humor… Muchos son los baches con los que se encuentran tanto autores (especialmente los desconocidos para el gran público) como pequeñas editoriales; y uno de los mayores se halla en la distribución y puntos de venta (generalmente librerías). Hoy toca hablar de eso puesto que es una cuestión especialmente controvertida tanto para los que conforman el sector (literario o editorial) como para los que quieren entrar en él.

La producción un libro (labor editorial) supone un esfuerzo importante, tanto humano, como técnico y económico. En ella intervienen muchos elementos. En primer lugar, como es obvio, la confección de una historia por parte del escritor (que busca convertirse en autor con obra en el mercado); etapa íntima y personal, llena de altibajos, baches creativos, dudas y quebraderos de cabeza. En segundo lugar, nace en la mente del escritor la idea lógica de publicar. En muchos casos simplemente uno se autoedita, sin más. En otros, se aspira a que alguien lo edite, previo proceso de selección, revisión, correcciones, publicación, comercialización, publicidad, distribución y venta. Aquí nace la picaresca de miles de empresas editoriales que se escudan en el fenómeno de la coedición (que no es más que una autoedición encubierta).

Vayamos a los serio, a lo que de verdad nos importa. Una editorial de estilo tradicional y responsable (pequeña o mediana) recibe cientos de manuscritos al año, muchas obras interesantes, gran parte aceptables y, en muchos casos, trabajos pobres. Comienza pues el trabajo de selección y valoración, que lleva mucho tiempo y coste editorial (no valorado en la mayoría de ocasiones por nadie). Finalmente, el editor (o equipo editorial) selecciona lo publicable, lo interesante para la línea que plantea la empresa, bajo unas premisas comerciales y de temática que se adapten a ella. Y continúa el trabajo…

Revisiones, correcciones, maquetación, diseño exterior e interior… Tiempo y dinero, de nuevo. Y todo corre por cuenta de la editorial. Finalmente, impresión de la primera tirada. Más tiempo y más dinero que aporta la editorial, como es obvio, y todo por adelantado (suele pasar a las editoriales pequeñas).

Y ya tenemos el elemento físico. Si el trabajo está bien hecho, se tratará de un objeto precioso, llamativo, de portada atractiva y de lectura deseable (eso es lo que se busca. De no ser así, difícil será su venta). Cumplidos todos los requisitos de fondo y forma, llegan los verdaderos problemas. La editorial tiene que luchar porque lleguen los ejemplares a los ávidos lectores para empezar a recuperar la inversión, iniciada meses atrás.

Así pues, en la sede editorial o en su almacén se encuentra esa primera tirada (cada vez son más cortas ante la enorme competencia y las escasas ventas y lectores. Hablamos de 150, 200, 300 ó 500 ejemplares, para editoriales pequeñas o medianas y autores no conocidos por el gran público; es decir, la inmensísima mayoría, sobre un 80 por ciento). Y esa primera tirada de la novela tiene que venderse, sí o sí, para recuperar inversión y obtener beneficios cuanto antes (esa es la prioridad y el objetivo número uno empresarial; también vale para las editoriales, que no producen obras por amor al arte, como muchos siguen pensando).

Pero, ¿cómo vender? Lo obvio, lo que piensa cualquier común de los mortales, es dejar los libros en los puntos de venta, o que los compren quien luego los va a vender, como cualquier otro intermediario, como sucede en la mayoría de sectores empresariales. Lo explicamos.

Una empresa fabrica y produce un bien (proceso de producción ya relatado) que llega directamente al cliente aunque de forma mayoritaria intervienen muchos mediadores que adquieren ese bien, lo compran y lo venden, o lo transportan hacia el punto final de venta, que también lo compra. Así, por ejemplo, una empresa vinícola transforma la uva en vino que vende a granel o embotella. En el segundo caso, la bodega vende directamente o a través de intermediarios su producto a tiendas, enotecas, grandes superficies. Una vez la venta esté formalizada, la empresa adquiriente paga a la empresa productora (bodega) que obtiene así ingresos.

Con el sector editorial, este hecho tan evidente no sucede. Se funciona bajo el peculiar fenómeno de: “déjamelo en depósito y si se vende alguno te lo pago” (tras descontar una jugosa comisión, generalmente impuesta; el pago muchas veces se produce meses después de que la venta se haya producido). El resto regresan al almacén. Hasta ahí, para muchos, pudiera ser incluso razonable. Pero eso no es todo. Ojalá estas fueran las únicas piedras en mitad del tortuoso camino.

En este sector, para las pequeñas empresas (la mayoría de editoriales de España) existe un problema con la excesiva competencia, el posicionamiento, la distribución y la visibilidad de los libros; todo unido a que el marketing y la publicidad son carísimos… (anuncios en medios de comunicación, post patrocinados en redes, cartelería, merchandising, stands…).

El panorama es a la vez claro y complejo. Ante ello, se intenta dar con ese pelotazo (en papel o en formato digital) que sirva para aliviar las siempre maltrechas arcas editoriales. Pero, expongamos con detalle y minuciosidad cuál es ese panorama.

Quid de la cuestión

Hablábamos de cómo vender; es el quid de la cuestión. Y no es en absoluto fácil. Por ello las editoriales y algunas pequeñas distribuidoras se escurren los sesos, intentan idear nuevas fórmulas tendentes a dar mayor relevancia tanto a autores como a sus novelas, buscan también una mayor implicación del propio autor como canal de venta directo.

Y es que la competencia, aunque sana, es tan exagerada que encontrar un hueco en estanterías de librerías y grandes superficies es misión casi imposible para alguien desconocido. Además, la falta de apoyo en algunos casos es alarmante por lo que las reglas del juego tienden a cambiar…

La gran mayoría de librerías (no hablamos de grandes cadenas como Casa del Libro, FNAC, El corte inglés, Carrefour) están cayendo en el error, triste error, de querer competir con las grandes y suelen dejar de lado a las editoriales pequeñas o al autor desconocido. Sus estantes se reservan para los grandes títulos y los autores conocidos, o para los libros que imponen las grandes distribuidoras. Así, encontrar un libro ‘pequeño’ en un escaparate de una librería normalita es una odisea. La falta de apuesta por lo nuevo, por lo local, por la juventud, por el aire fresco, es preocupante y alarmante. Quizás por eso vemos continuos cierres de este tipo de establecimientos que, como decíamos, además jamás compran libros sino que los ‘acogen’ en depósito y solo pagan en función de ventas.

Así nos encontramos con grandes autores de una localidad concreta, con grandes libros de marcado carácter comercial, que no tienen visibilidad en las propias librerías de su entorno. Luego se quejan si no venden. En el mejor de los casos, aceptan guardar los libros de esa pequeña editorial en algún rincón a cambio de que envíes a los amigos del autor a que compren y adquieran allí el libro.

Así pues, autores desconocidos y editoriales pequeñas se encuentran con el habitual ninguneo de las librerías, que no suelen ceder espacios a los ‘pobres’, que se une también al de las grandes distribuidoras, que saturadas, solo buscan contar con la exclusividad territorial de los libros que saben que se van a vender.

Así pues, este tradicional circuito al que editoriales y escritores aspiran, está vetado casi a las grandes empresas del sector y promovido por las propias librerías y centros comerciales. Llegar más allá es como protagonizar 2001: una odisea en el espacio.

Autor como epicentro

Pero claro, esto, muchos escritores (la gran mayoría), no lo saben. Esperan que una vez publicado el libro, la editorial lo coloque en todas las librerías de España, que aparezca en todos los escaparates y de esta forma se venda. Pero, como hemos explicado, esto no sucede así. Por ese motivo, el circuito de venta debe tener como epicentro al propio autor. Él debe ser el primer comercial de su libro, organizar sus presentaciones en foros donde haya libertad frente a las comisiones. De esta manera, se generará un primer círculo de lectores, un primer núcleo de fans que darán voz a la novela. De otra manera, sin esa implicación, es materialmente imposible que un libro venda de entrada.

Lo realmente pasmoso, por otra parte, es que muchos libreros se suelen quejar de que el autor y estas pequeñas editoriales ‘abandonen’ ese circuito tradicional, es decir, que no pasen por la ‘mordida literaria’ cuando ejecutan su lícito derecho a vender a espaldas de quienes les dan la espalda habitualmente.

Para una editorial, obtener beneficios económicos de un libro es muy trabajoso, lento y a veces imposible. En el caso de que se produzcan ventas, normalmente, el 30-35 por ciento de la inversión se marcha entre imprenta y gastos propios de funcionamiento, entre un 45-55 por ciento se lo lleva la distribución y los puntos de venta (los segundos no suelen bajar del 30 por ciento), y un 10 por ciento para el autor. ¿Qué le queda al editor para obtener beneficios? Analicen, amigos lectores.

Por eso, para obtener rentabilidad, es necesario que se produzcan amplísimas ventas, o por el contrario, ventas aceptables de una primera tirada si se hace de forma directa sin la intermediación de algunos de los protagonistas antes mencionados.

Es el mundo editorial, en el que además las distribuidoras importantes, ciertamente colapsadas, tampoco dan cabida o protagonismo a los libros de nuevas editoriales y si lo hacen, relegan las publicaciones a un trato menor, publicaciones que se ven abocadas al más absoluto olvido en pocos meses.

Por todo ello, en los últimos años es frecuente ver anunciadas en redes sociales, cientos de presentaciones de libros de nóveles autores (o no tanto) en centros públicos, bibliotecas, bares, salas varias incluso plazas públicas. De esta manera, el libro se empieza a ‘mover’ de forma directa, rápida y se generan unos primeros ingresos tan necesarios para quien ha realizado la totalidad de la inversión.

Hoy, ante este paisaje tan brumoso, muchos escritores, ya conscientes de él, toman cartas en el asunto y comienzan a asumir un papel protagonistas. Eso de: “yo soy escritor y no me dedico a vender” debe pasar a otra vida (en el caso de los escritores desconocidos) como sucedió con las editoriales, que en ningún caso actúan bajo la premisa de: “yo soy editor, no me dedico a vender, para eso están las librerías y los grandes puntos de venta”.

También empieza a crecer el fenómeno de las asociaciones territoriales de escritores que, de forma conjunta, defienden sus derechos, promueven iniciativas y buscan alternativas para difundir y vender su obra sin ese colapsado circuito.

En este mercado todos deben asumir su rol, y muchos lo empiezan a hacer. Sin embargo, el sector librero sigue dando la espalda a estos nuevos tiempos, a estos nuevos autores, a estas nuevas editoriales que luchan frente al monopolio establecido; siguen apostando, para salvar su cuello, por los Premios Planeta y la nueva de Harry Potter. Busquen productos alternativos a lo habitual, diferénciense, apoyen a los autores vecinos, a las editoriales que conviven a su lado, a la pequeña distribuidora…

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